
En honor a mis padres



Cuando alguien se toma la tarea de analizar este cuento de hadas, puede llegar a muchas conclusiones que nos pueden horrorizar, y no tanto por su temática o su explicación psicológica o metafísica, sino por lo ingenuo que uno se siente al no haberlo entendido en su momento y mas aun por las implicaciones que esta tiene…

Seria a mediado de los ’90 cuando un buen amigo me invitó a disfrutar de una noche como pocas tuve en Caracas. Se trataba de un bar perdido en el tiempo en la penumbra de unos callejones oscuros donde solo el ruido de la autopista nos dejaba claro donde estábamos.

Tenían tiempo de haberse conocido en el trabajo y desde que la había visto él se había sentido profundamente seducido por esa belleza hierática que siempre nos intriga de las mujeres de origen oriental. Ella siempre con un estilo muy minimalista, casi sin maquillaje al igual que sus trajes de tipo de oficina, lo cual siempre le daba un aspecto muy profesional y pulcro.

Cuando leo todas las memorias que comparten mis amigos de la secundaria, termino preguntando, donde cojones estaba yo, que prácticamente no me acuerdo de ninguna de ellas y si lo hago no tengo tanto detalle.

Desde que el grupo de mi promoción de secundaria había abierto un grupo en WhatsApp, cada mañana tenía una nueva rutina, mientras la cuarentena, producto del covid-19 me tenia atrapado en casa. Esta nueva rutina consistía en leer los mas de 300 mensajes sin leer que se habían producido el día anterior entre mis excompañeros. Y lo segundo era tomarme un café virtual con una de mis excompañeras, Josefa.

A raíz de mi viaje a Argentina este año para visitar a mi hija Rosana, tuve la oportunidad de que ella me introdujese a uno de sus más grandes proyectos actuales, el comedor de Lilly.
Todo comenzó hace un par de años atrás, cuando un amigo de la oficina de mi hija, le comentase de una persona bastante peculiar que se hacia llamar Lilly.
Bienvenidos al comensal de Lilly

Para los antiguos egipcios, uno moría dos veces, la primera vez cuando el alma abandonaba el cuerpo y la segunda vez cuando su nombre nunca más era pronunciado.
Era una tarde calurosa del año 1996, en el mes noviembre en la ciudad de Caracas. Yo viajaba con un ramo de flores en mis brazos y mi pecho latía con un ritmo como nunca, ese día conocería a mi primer descendiente, mi hija Rosana.